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Ser amada es ser escuchada

¿Lo eres?

¡Descúbrelo!

Ser amada es ser escuchada, porque el amor verdadero no se limita a la presencia física ni a las palabras bonitas, sino que se manifiesta en la atención sincera. 

Escuchar es un acto profundo de respeto que implica tomarse un momento, dejar a un lado el ruido propio y abrir espacio para el mundo interior del otro.

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Cuando alguien escucha de verdad, no solo oye sonidos, sino que acoge emociones, dudas, silencios y verdades que a veces no saben expresarse del todo.

Ser escuchada es sentir que lo que pienso importa, que lo que siento no es exagerado ni invisible. Es saber que no necesito alzar la voz para ser tomada en cuenta, ni justificar cada emoción para que sea válida. 

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Ser amada es ser escuchada

Muchas veces se confunde el amor con grandes gestos, cuando en realidad se construye en los detalles más simples: una mirada atenta, una pregunta honesta, un silencio compartido. 

Escuchar es ofrecer refugio cuando las palabras pesan y celebrar cuando las palabras sobran. 

Por eso, cuando alguien escucha, está diciendo con hechos que le importamos, que nuestra voz tiene un lugar y que nuestra existencia no pasa desapercibida.

Ser amada es ser escuchada también en los momentos incómodos, cuando lo que se expresa no es fácil ni agradable. 

Escuchar en esos momentos es un acto de valentía y de compromiso, porque significa elegir al otro incluso cuando no es sencillo hacerlo.

Al final, ser escuchada es sentirse vista. Es experimentar la seguridad de ser quien se es sin miedo a ser ignorada o invalidada. Y cuando alguien nos escucha de verdad, nos permite existir plenamente. 

Por eso, ser amada es ser escuchada, porque el amor auténtico no silencia, no interrumpe, no invalida; el amor se queda, atiende y comprende.

Señales de que no estás siendo escuchada ni amada

1. Te interrumpe constantemente. 

No puedes terminar una idea sin que ese hombre la corte, cambie de tema o lleve la conversación hacia sí mismo.

2. Minimiza lo que sientes. 

Frases como “no es para tanto”, “estás exagerando” o “eso ya pasó” invalidan tus emociones en lugar de intentar comprenderlas.

3. Escucha solo para responder, no para entender. 

Mientras hablas, la otra persona ya está preparando su defensa o su opinión, sin procesar realmente lo que dices.

4. Tus palabras no generan cambios. 

Expresas necesidades o límites, pero todo sigue igual; con ese hombre, hablar no tiene consecuencias reales.

5. Desvía la conversación. 

Cuando intentas abordar algo importante, cambia de tema, hace bromas o se enfoca en detalles irrelevantes para evitar el fondo del asunto.

6. Te hace sentir culpable por expresarte. 

Terminas pensando que hablar es un problema, que “molestas” o que pedir atención es exigir demasiado.

7. No recuerda lo que has dicho. 

Olvida cosas importantes que compartiste, incluso aquellas que implicaban vulnerabilidad.

8. Te escucha con el cuerpo ausente. 

Miradas perdidas, el teléfono en la mano o respuestas automáticas; su presencia es solo física.

9. Te explican lo que “deberías sentir”. 

En lugar de aceptar tu experiencia, intentan corregirla o racionalizarla.

10. Te quedas en silencio para evitar conflictos. 

Dejas de hablar porque sientes que no vale la pena, no porque no tengas nada que decir.

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